martes, 26 de junio de 2012

La serpiente




Nunca pude entender la mímica. Es una lengua que
me está vedada; soy políglota, pero ése es mi límite in-
franqueable. Y es un límite interno a todos los idiomas,
incluida mi lengua natal, el gesto natal, que acompaña
toda palabra como la sombra acompaña al cuerpo un día
de sol. Es fácil imaginar la cantidad de problemas que
me trae. Podría tomarlo como un arte, y disfrutar de las
actuaciones de los mimos como de una suerte de danza
abstracta. Mi concepción del arte, al fin de cuentas, va en
esa dirección: en contra de la comunicación, de lo utiliza-
rio, del efectismo.

El personaje de esta novela, un escritor que se ha enriquecido gracias
a la publicación de libros de autoayuda, llamado César Aira, viaja a
Dinosaur City para terminar su última obra: Cómo salir bien en las fotos.
En su recorrido por la ciudad, y mientras su familia asiste al teatro,
se siente atraído por la prédica de Mae Gonçalva y su secta de culto al
Cristo-serpiente. Se sumerge en un mundo paralelo, en donde el crimen y
la intriga son los códigos de convivencia. El narrador, con un lenguaje
irónico, va describiendo las fisuras de una ciudad laberíntica, oscura y
violenta que se tambalea rodeada de serpientes; así como la vida se enrosca
sobre sí misma creando una perturbación inquietante y una poesía desolada.

La serpiente
César Aira
106 páginas
1era. Edición Julio 1997
LOM Ediciones

Gracia y el forastero


Cómo empezaré?, Qué puedo decir, o explicar, si cuanto anote

en estas páginas estará dirigido a mi mismo? Sin embargo, por eso
estoy acá. Para explicarme y entenderme. Pero no sé cómo empezar.
Cómo iniciar una lucha con la certeza de la derrota.
Según mi padre - él me impuso venir-, lo hermoso en la vida es
la incertidumbre del futuro. Desconocer el mañana, explorar cada
minuto llegando hasta él cual si fuera una nueva comarca. Es triste,
agregaba, la batalla perdida de antemano. O ganada. Porque la duda
lleva implícito el acicate de la aventura. Y sin moverse a tientas puede
producir angustia, siempre es más vital eso que dar cada paso en una
huella prefijada.


Gracia y el forastero
Guillermo Blanco
158 páginas
1era. Edición 1964
ZigZag

La pandilla de Asakusa



La chica del piano

Incluso ahora, ahora mismo, en el Tokio moderno,
al igual que en los libros con ilustraciones de la antigua
Edo, se dice que él -el cazador de pájaros- todavía es-
tá ahí: los accesorios color cobre dentro de su gastada
bolsa de gamuza, la pipa colgando del sugetador de ága-
ta en los cordones de la bolsa, y el estuche anticuado lle-
no de tabaco dulce de Kobuku, mezclado con algunas
ramitas verdes para mantenerlo fresco, todo el conjun-
to colgando de la cintura, y sus calzones blancos, sus po-
lainas negras, los mitones de color blanco, y un quimo-
no azul liso levantado a la altura de la cintura. El hombre
que me contó esto es un inspector de la policía, alguien
poco dado a las reminiscencias inútiles.

La pandilla de Asakusa
(Asakusa kerenaidan)
Yasunari Kawabata
298 páginas
1era. Edición 1930
emecé linga franca

martes, 19 de junio de 2012

Formas de volver a casa



I. Personales secundarios

Una vez me perdí. A los seis o siete años. Venía
distraído y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté,
pero enseguida retomé el camino y llegué a casa antes
que ellos –seguían buscándome,desesperados, pero esa
tarde pensé que se habían perdido. Que yo sabía regre-
sar a casa y ellos no.
Tomaste otro camino, decía mi madre, después,
con los ojos todavía llorosos.
Son ustedes los que tomaron otro camino,pensa-
ba yo, pero no lo decía.
mi papá miraba tranquilamente desde el sillón. A
veces creo que siempre estuvo echado ahí,pensando.
pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez sólo cerraba
los ojos y recibía el presente con calma o resignación.
Esa noche habló, sin embargo –esto es bueno, me
dijo, superaste la adversidad. Mi madre lo miraba con
recelo pero él seguía hilvanando un confuso discurso
sobre la adversidad.

Formas de volver a casa
Alejandro Zambra
166 páginas
Anagrama

La mano pequeña



A modo de prólogo: Aquí no hay ficción

Hace siete noches maté a un hombre. Lamento haberlo hecho, aun-
que la muerte de ese tipo no me importe en lo absoluto. Alonso,
mi sobrino de ocho años, vió todo y desde ese día no ha vuelto a
hablar. Él junto a Rita, mi hermana melliza, son las personas que
más amo. Si lo pienso, creo, son las únicas personas que amo. Lo
de Karla es distinto, ya tendré tiempo de explicarlo. Rita es sicológa
y está convencida de que el mutismo de su hijo es temporal. Yo
también quisiera pensar lo mismo, pero no puedo.


La mano pequeña
Roberto Fuentes
156 páginas
Uqbar Editores

Los sinsabores del verdadero policía



I. La caída del muro de Berlín

Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura
heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, general-
mente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era ab-
solutamente homosexual. Dentro el inmenso océano de
ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mari-
quitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las
dos corrientes mayores, sin embargo, eran de los mari-
cones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo,
era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica.
William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio
Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía
ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén
Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las
locas (en nuestra lengua, claro está; en el mundo ancho y
ajeno el paradigma seguía siendo Verlaine el Generoso).

Los sinsabores del verdadero policía
Roberto Bolaño
326 páginas
Primera Edición, 2012
Anagrama

jueves, 7 de junio de 2012

El Tercer Reich



20 de Agosto

Por la ventana entre el rumor del mar mezclado con las
risas de los últimos noctámbulos, un ruido que tal vez sea
el de los camaremos recogiendo las mesas de la terraza, de
vez en cuando un coche que circula con lentitud por el Pa-
seo Marítimo y zumbidos apagados e inidentificables que
provienen de las otras habitaciones del hotel. Ingeborg
duerme; su rostro semeja el de un ángel al que nada turba
el sueño; sobre el velador hay un vaso de leche que no ha
probado y que ahora debe estar caliente, y junto a su almo-
hada, a medias cubierto por la sábana, un libro del inves-
tigador Florian Linden del que apenas ha leído un par de
páginas antes de caer dormida. A mí me sucede todo lo
contrario: el calor y el cansacio me quitan el sueño.Ge-
neralmente duermo bien, entre siete o ocho horas diarias,
aunque muy raras veces me acuesto cansado. Por las maña-
nas me despierto fresco como una lechuga y con una energía
que no decae al cabo de ocho o diez horas de actividad.
Que yo recuerde, así ha sido siempre; es parte de mi natu-
raleza. Nadie me lo ha inculcado, simplemente soy así y 
con esto no quiero sugerir que sea mejor o peor que otros;
la misma Ingeborg, por ejemplo, que los sábados y domin-
gos no se levanta hasta pasado el mediodía y durante la se-
mana sólo una segunda taza de café -y un cigarrillo- con-
siguen despertarla del todo y empujarla hacia el trabajo.
Esta noche, sin embargo, el cansancio y el calor me quitan
el sueño. También, la voluntad de escribir, de consignar los 
acontecimientos del día, me impide meterme en la cama y 
apagar la luz.



El Tercer Reich
Roberto Bolaño
366 Páginas
Primera Edición, Febrero 2010
Anagrama