Ramón Díaz Eterovic
Primera edición, noviembre 2018.
293 páginas
LOM ediciones
1
Me detuve junto a la puerta del aeropuerto y aspiré lentamente
hasta que me acostumbré al viento helado. Sentí una puntada en el
costado izquierdo de la espalda y esperé a que el dolor se atenuara
para alejarme unos pasos de la puerta. Es el aire, pensé. Tal vez el
cansancio del largo viaje o el esfuerzo de cargar el bolso con mi ropa,
la pistola y un par de libros. Volví a aspirar profundamente y mis
pulmones renacieron con la pureza del aire. Un niño con un avión
de juguete pasó junto a mí de la mano de un hombre. Parecía feliz
mientras hacía volar el avión con el impulso de su imaginación. La
visión me buscó tristeza del infancia que espante de mi lado como
un moscardón inoportuno.
El cielo seguía tan hermoso como lo recordaba. Más bello que el
cielo de Paris, me había dicho en más de una oportunidad mi amigo
el Escriba, atrincherado en su nostalgia por la Patagonia que no
admite dos opiniones a la hora de evaluar su terruño. No sé si exagera.
Jamás he estado en Paris y mi única referencia a su cielo viene del
cine y de una canción de Jacques Brel de mis tiempos de estudiante
universitario, que la sordera de una vecina, profesora jubilada de
francés, hacía sonar a gran volumen.
No he ido a Paris y hasta hace unos días tampoco pretendía
regresar a la ciudad de los vientos interminables, me dije mientras
encendió un cigarrillo y pensaba que más vale escupir hacia el
cielo ni decir de esta agua no beberé. Observé el cielo hasta que le
di la última calada al cigarrillo y luego presté atención a un hombre
moreno que ofrecía Transporte al centro de la ciudad. Me informó el
precio del servicio y le pasé mi bolso. Ya estoy acá, no hay vuelta atrás…..
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