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miércoles, 7 de enero de 2026


Luces al fin del mundo
Relatos de ciencia en Chile
Nicolás Alonso
1era edición Octubre 2017
262 páginas
Planeta

El secreto de los chinchorros: Bernardo Arriaza
El hombre de cannabis: Andrés Chávez
La sinfonía de los mares: Susannah Buchan
Ojos que miran al cielo: Ricardo Finger
El matemático invisible: Gunther Uhlmann
La memoria de los meteoritos: Millarca Valenzuela
Formas de curar la ELA: Claudio Hetz
El primero de nosotros: Eugenio Aspillaga
Las criaturas del Dr. Vargas: Alexander Vargas
El rastro de los bonobos: Isabel Behncke 
La vida es una ecuación: Tomás Pérez-Acle


sábado, 30 de agosto de 2025



Maniac 
Benjamín Labatut 
Primera edición octubre 2023
394 páginas
Anagrama 

lunes, 30 de diciembre de 2024


Un verdor terrible 
Benjamín Labatut 
Primera edición abril 2020 
216 páginas.
Anagrama 

Azul de Prusia 
La singularidad de Schwarzschild 
El corazón del corazón 
Cuando dejamos de entender el mundo. 
Epílogo. El jardinero nocturno

Durante un examen médico realizado en los meses 
previos a los juicios de Núremberg, los doctores nota-
ron que las uñas de las manos y los pies de Hermann 
Göring estaban teñidas de un rojo furioso. Pensaron 
-equivocadamente- que el color se debía a su adicción 
a la dihidrocodeína, un analgésico del que tomaba más 
de cién pastillas al día. Según William Burroughs, su 
efecto era similar al de la heroína y al menos dos veces 
más fuerte que el de la codeína, pero con un filo eléc-
trico parecido al de la coca, razón por la cual los médicos 
norteamericanos se vieron obligados a curar a Göring 
de su dependencia antes de que compareciera frente al 
tribunal. No fue fácil. Cuando las fuerzas aliadas lo 
capturaron, el líder nazi arrastraba una maleta que no 
sólo contenía el esmalte con que Göring se pintaba las 
uñas cuando se disfrazaba como Nerón, si no más de 
veinte mil dosis de su droga favorita, casi todo lo que 
quedaba de la producción alemana de ese fármaco a 
finales de la Segunda Guerra Mundial. Su adicción no 
era excepcional: prácticamente todas las tropas de la 
Wehrmacht recibían metanfetaminas en tabletas como 
parte de sus raciones.