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viernes, 25 de marzo de 2011

El viaje del elefante


Por más incongruente que le pueda parecer a quien
no ande al tanto de la importancia de las alcobas,
seas éstas sacramentadas, laicas o irregulares, en el
buen funcionamiento de las administraciones públicas,
el primer paso del extraordinario viaje de un elefante
a austria que nos proponemos narrar fue dado en los
reales aposentos de la corte portuguesa, más o menos
a la hora de irse a la cama. Quede ya registrado que
no es obra de la simple casualidad que hayan sido
aquí utilizadas estas imprecisas palabras, más o menos.
De este modo, quedamos dispensados, con manifiesta
elegancia, de entrar en pormenores de orden físico y
fisiológio algo sórdidos, y casi siempre ridículos, que,
puestos tal que así sobre el papel, ofenderían el catoli-
cismo estricto de don juan, el tercero, rey de portugal
y de los algarbes, y de doña catalina de austria, su espo-
sa y futura abuela de aquel don sebastián que irá a
pelear a alcácer-quivir y allí morirá en el primer envi-
te, o en el segundo, aunque no falta quien afirme que
feneció por enfermedad en la víspera de la batalla.

El viaje del elefante
José Saramago
280 Páginas
Primera Edición, 2008
Alfaguara

sábado, 22 de enero de 2011

Todos los nombres


Encima del marco de la puerta hay una chapa metálica larga y estrecha
revestida de esmalte. Sobre un fondo blanco, las letras negras dicen
Conservaduría General del Registro Civil. El esmalte está agrietado y
desportillado en algunos puntos. La puerta es antigua, la última capa de
pintura marrón está descascarillada, las venas de la madera, a la vista,
recuerdan una piel estriada. Hay cinco ventanas en la fachada. Apenas se
cruza el umbral, se siente el olor del papel viejo. Es cierto que no pasa ni un
día sin que entren en la Conservaduría nuevos papeles, de individuos de sexo
masculino y de sexo femenino que van naciendo allá fuera, pero el olor nunca
llega a cambiar, en primer lugar porque el destino de todo papel nuevo, así que
sale de la fábrica, es comenzar a envejecer, en segundo lugar porque, más
habitualmente en el papel viejo, aunque muchas veces también en el papel
nuevo, no pasa un día sin que se escriban causas de fallecimientos y
respectivos lugares y fechas, cada uno contribuyendo con sus olores propios,
no siempre ofensivos para las mucosas olfativas, como lo demuestran ciertos
efluvios aromáticos que de vez en cuando, sutilmente, atraviesan la atmósfera
de la Conservaduría General y que las narices más finas identifican como un
perfume compuesto de mitad rosa y mitad crisantemo.

Todos los nombres
José Saramago
327 Páginas
Primera Edición, Octubre 1997
Alfaguara

domingo, 26 de diciembre de 2010

Ensayo sobre la ceguera


Se iluminó el disco amarillo. De los coches
que se acercaban, dos aceleraron antes de que se
encendiera a señal roja. En el indicador del paso
de peatones apareció la silueta del hombre verde.
La gente empezó a cruzar la calle pisando las
franjas blancas pintadas en la capa negra del as-
falto, nada hay que se parezca menos a la cebra,
pero así llaman a este paso. Los conductores, im-
pacientes, con el pie en el pedal del embrague,
mantenían los coches en tensión, avanzando, re-
trocediendo, como caballos nerviosos que vieran
la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya de
pasar los peatones, pero la luz verde que daba
paso libre a los automóviles tardó aún unos se-
gundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que
esta tardanza, aparentemente insignificante, mul-
tiplicada por los miles de semáforos existentes en
la ciudad y por los cambios sucesivos de los tres
colores de cada uno, es una de las causas de los
atascos de circulación, o embotellamiento, si
queremos utilizar la expresión común.

Ensayo sobre la ceguera
José Saramago
448 Páginas
Primera Edición, 1995.
Punto de Lectura