jueves, 10 de octubre de 2024

El Lugar
Annie Ernaux
Edición abril de 2002
108 Páginas
Tusquets Editores 

Hice los exámenes prácticos de aptitud pedagó-
gica en un instituto de Lyon, por la zona de la
Croix-Rousse. Un instituto nuevo, con plantas en 
la parte reservada a la administración y el cuerpo 
docente, y una biblioteca con el suelo enmoque-
tado de color arena. Allí esperé a que vinieran a 
buscarme para dar mi clase, objeto de examen, 
ante el inspector y dos asesores, profesores de letras 
muy reputados. Una mujer corregía exámenes re-
sueltamente, sin dudar. Me bastaba con salir airo-
sa la siguiente hora para poder hacer lo mismo que 
ella durante toda mi vida. Ante una clase de ba-
chillerato de ciencias expliqué veinticinco líneas
-había que numerarlas- de Papá Goriot, de Bal-
zac. "Me temo que no había sabido despertar el inte-
rés de sus alumnos", me reprochó el inspector más 
tarde, en el despacho del director. Estaba sentado 
entre los dos asesores, y un hombre y una mujer 
miope con zapatos de color rosa. Yo, enfrente. 
Durante un cuarto de hora alternó críticas, elogios, 
consejos y yo apenas escuchaba, preguntándome 
si todo eso significaba que estaba aprobada. De 
pronto, los tres se pusieron de pie a la vez, como 
en un mismo impulso, con el semblante grave. Yo 
me levanté también, de forma precipitada. El ins-
pector me tendió la mano. Después, mirándome 
fijamente a la cara dijo: “Señora, la felicito”. Los 
otros refirieron "la felicito" y me estrecharon la 
mano, la mujer con una sonrisa.

No deje de pensar en aquella ceremonia hasta 
la parada del autobús, con rabia y con una especie 
de vergüenza. Esa misma noche escribí a mis pa-
dres que ya era profesora "titular". Mi madre me 
respondió que se alegraban mucho por mí. 

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