sábado, 30 de agosto de 2025


Una Mujer
Annie Ernaux
Primera Edición Septiembre 2020 
108 páginas 
Cabaret Voltaire

Luna Llena
Aki Shimazaki 
Primera Edición Febrero 2022
167 Páginas 
TusQuets Editores 

No pasó nada
Antonio Skármeta
Primera Edición Diciembre 2014
123 páginas 
Penguin Random House Grupo Editorial

Como de la familia
Paolo Giordano
Primera Edición Marzo 2015 
139 páginas 
Salamandra

El final del affaire 
Graham Greene 
Primera Edición 2019
311 páginas 
Libros del Asteroide

La sangre no es agua 
Boris Quercia Martinic
Primera Edición Agosto 2019
294 páginas 
Roja & Negra


Perro Muerto
Boris Quercia Martinic
Primera Edición Diciembre 2016 
241 páginas 
Roja & Negra

Emilio, los chistes y la muerte
Fabio Morábito
Primera Edición Marzo 2009
167 páginas 
Anagrama 

El universo en expansión 
Desde el Big Bang al homo sapiens 
Mario Hamuy 
Primera edición octubre de 2018 
126 Páginas 
Penguin Random House Grupo Editorial


La ciudad de la furia 
Daniel Matamala
Primera edición noviembre 2019
191 páginas
Catalonia

Máquinas como yo 
Ian McEwan 
Primera edición septiembre 2019
355 páginas
Anagrama

Tonko, el kawéskar 
Jacqueline Balcells, Ana María Guiraldes
Ilustraciones de Alfredo Cáceres
Quinta Edición Septiembre de 2018
85 páginas 
Zig-Zag

Pedro Lemebel
Catalina Mena 
Primera Edición Enero 2019 
61 páginas 
Hueders Chilenos 

Tiende tu cama 
William H. McRaven 
Primera edición mayo de 2019 
175 páginas 
Planeta

No somos los Beatles
Roberto Fuentes
Primera edición mayo de 2022
175 páginas
Zig-Zag

El secuestro de la hermana Tegualda 
Hernán Rivera Letelier 
Primera edición mayo de 2021 
108 páginas
Penguin Random House Grupo Editorial 

¿Por qué tenemos el cerebro en la cabeza?
Pedro Maldonado Arbogast 
Primer Edición Agosto 2019
172 páginas 
Penguin Random House Grupo Editorial 

La pasión de Brahms
Elizabeth Subercaseaux
Primera Edición Mayo de 2016
342 páginas
Penguin Random House Grupo Editorial 


Maniac 
Benjamín Labatut 
Primera edición octubre 2023
394 páginas
Anagrama 


Somos polvo de estrellas 
Cómo entender nuestro origen en el cosmos 
José María Maza Sancho 
Primera edición marzo de 2017
134 páginas
Planeta 


Somos polvo de estrellas 
Para niños y niñas, 
José María Maza Sancho
Ilustraciones de Pablo Luebert
Primera edición diciembre de 2019
95 páginas
Planeta Junior 
Conversaciones con María Teresa Ruiz, pionera de la astronomía chilena
Paula Escobar Chavarría 
Primera edición diciembre de 2018 
Penguin Random House Grupo Editorial

Índice 
Prefacio. Una estrella diferente
1. Soy muy buena para soñar
2. "Esto es lo que quiero hacer"
3. Princeton 
4. El sueño de volver a Chile 
5. Vida de familia 
6. Enanas Blancas 
7. El futuro de la astronomía 
8. Contemplando el cielo desde Tololo, Las Campanas, La Silla y Paranal
9. Mujeres y ciencia 
10. Hijos de las estrellas

Soy muy buena para soñar 
-¿Cuáles son los primeros recuerdos que tienes de tu infancia?
-Nací en la casa de mis abuelos maternos, Delia Teresa 
Matthews Möller y Roberto González Pastor, en Santiago, 
en la calle Puyehue, cerca de la plaza Pedro de Valdivia. Era 
una casa inmensa, con muchos rincones, tal como eran las 
casas antiguas, emplazadas en los sitios sin mucho antejardín, 
pero de casi una cuadra de profundidad. Había árboles fru-
tales, un gran nogal y un ilán ilán muy perfumado. Los re-
cuerdos de esa época me marcaron para el resto de mi vida. 
Recibí mucho cariño en ese lugar, ya que los adultos a mi 
alrededor me consentían. Teníamos una niñera, que no me 
gustaba por enojona, una "niña de mano" a cargo del aseo y 
de servir la mesa. Siempre me llamó la atención a ese nombre 
y aún no sé de dónde viene. También había una cocinera 
que usaba un piso para alcanzar la altura de la cocina. Me 
gustaba porque era pequeña y sonriente. Era una casa con 
mucha gente, donde de repente aparecían unas tías del sur, 
que yo no sabía si venían a Santiago para siempre o por un 
tiempo. Supongo que venían a resolver algún tema médico. 
Mi mamá tenía dos hermanos, uno estaba casado y vivía 
por su cuenta, y el otro, de entonces unos dieciocho años, 
vivía allí y conducía una moto ruidosa que me daba miedo. 
Era, como ves, una casa entretenida para una niña.

Beethoven La música del silencio
Elizabeth Subercaseaux
Primera edición noviembre 2022
196 páginas 
Catalonia

Uno estaba todo oscuro menos el cielo plagado de estrellas. Yo me 
había tendido en el pasto. Me rodeaba el silencio acostumbra-
do, el de mi sordera. De pronto ese silencio fue interrumpido y 
a mis oídos empezó a llegar una música grandiosa, como el fin 
triunfante de una batalla. Escuché una voz interior. "Esta mú-
sica es el paso de tu vida; desde lo más dolorosamente humano 
a la serenidad más divina". 
Yo permanecí quieto a la espera de otras palabras. 
Poco después una estrella cruzó firmamento y una le-
chuza de alas blancas emprendió el vuelo zigzagueante,
como una extraña danza…
-Herr Beethoven… despierte, que ha llegado el sacerdote. 
Entreabrí los ojos y volví a cerrarlos. No quería abandonar 
mi sueño. Quería seguir allí, sólo frente al universo, escuchan-
do las distintas sonoridades que pueblan el espacio entre el cie-
lo y la tierra. 
-¿Le digo que se vaya?- preguntó Frau Gruber, casi gri-
tando cerca de mi oreja. 
Tampoco quería que viniera el sacerdote. Me di vuelta hacia 
la pared. 
-Dígame qué debo hacer, Herr Beethoven. 
-Yo no sé para qué lo llamó, pero si ya está aquí, ¿no sería 
grosero despedirlo?
-Le digo que suba, entonces.
-¿Y qué se supone que haga el sacerdote en mi pieza? 
-Es solo para acompañarlo en este momento y acercarlo a 
Dios, que mal no le va a hacer-dijo ella-. Ahora tiene que 
lavarse, verse bien arreglado para recibirlo. Voy a traerle la jarra 
con agua.

Oreste y las luces volcánicas 
Roberto Fuentes
Primera edición marzo de 2016 
Nube de tinta 
Penguin Random House Grupo Editorial S.A.

Palito 

Entonces reí muy fuerte. Se los juro. Y no debía hacerlo. 
No sólo porque ellas podrían haberse sentido ofendidas
-cuestión que afortunadamente no pasó; es más, las 
hermanas se quedaron mirando e intercambiaron una 
sonrisa-, sino porque cuando me río así, mi tartamu-
deo se agudiza. Ellas trataron de descifrar mis palabras:
-No-no-no-no-no—ha-no-ha-no-ha-
no-hablen no-no-no-ton-tonte--ton-tonteras
no-ha-no-hablen-no-ton...
-No hablamos tonteras, Oreste-dijo Celeste 
con calma, y con su mano trató en vano de bajarme 
un mechón de pelo que tenía parado-. Y trata de 
tranquilizarte de una vez.


La regla de los nueve 
Paula Ilabaca Núñez 
Primera edición julio 2015 
145 páginas
Editorial Planeta Chilena S.A. 

1.
NO ESTOY MUY SEGURA DE LO QUE PASÓ. Yo 
estaba durmiendo. Me despertaron el timbre y golpes 
en la puerta. Después sentí el humo que había en mi 
pieza. Yo duermo en el primer piso, mi ventana da 
hacia el patio. Estoy acá porque usted me lo pidió y 
yo no quiero tener problemas con usted.

No fue fácil venir hasta acá, ¿sabe? No fue fácil. 
Todavía estoy con la garganta reseca y no me siento 
bien, pero estoy decidida a contar lo que sé y ver si es 
que existe alguna forma de entender lo que ha pasa-
do. Usted sabe de esto, seguro ha escuchado a mucha 
gente, hombres, mujeres; usted debe saber de lo que 
le hablo. Lo que si debo decirle es que no puedo creer-
lo. No puedo creerlo. Nadie la prepara a una para ser 
mamá, sabe, y siempre dicen que ser madre es lo más 
maravilloso que te puede pasar. Para mí no fue así. 
El Gabrielito era difícil y llegó un momento en que 
se alejó de mí, así, sin más, se puso atrevido, ingrato. 
No parecía mi hijo, quizás él ya no se sentía mi hijo.

Estuve todo el día pensando que pudo haber salido 
mal. Siento que usted me mira como diciendo "al final 
todo salió mal". ¿Usted tiene hijos? Seguro entenderá 
entonces lo que le quiero decir. Nadie me enseña a una 
a ser madre. Ni la propia madre de uno puede hacerlo. 
Uno cuándo es hijo o hija siente, vive, perdona o no, 
pero no sabe qué hará cuando se convierte en padre o 
madre. Usted sabe de lo que le estoy hablando. Uno 
lo da todo por ellos, todo. Yo al Gabriel lo eduqué, lo 
formé, le di todo lo que me pertenecía. Me desviví y 
trabajé por él. Una espera que respondan bien. Yo no 
sé qué hice para que el Gabrielito hiciera lo que hizo. 
Yo espero que cuando sean grandes sus niñitas le res-
pondan bien. Se lo deseo de todo corazón.


Llévame al cielo 
Carla Guelfenbein 
Primera edición abril de 2018
280 páginas
Penguin Random House Grupo Editorial 

Hace exactamente 22 días, nueve horas y ocho minutos que desapare-
ciste. Pero yo sé que estás ahí, en algún lugar, peleando con los 
fantasmas que saquean tu cabeza. Y aún cuando no puedo verte, 
no dejaré de buscarte. No dejaré que te esfumes como esas nubes 
que mirábamos juntos deshacerse del cielo. Voy a encontrarte, 
Gabriel. Donde sea que estés, voy a encontrarte.

LO QUE NUNCA DIJE

Supongo que debo comenzar por el principio. Por la jaqueca 
de papá cuando íbamos camino al velódromo. Era la terce-
ra de esa semana. Debía ser muy fuerte, porque cerraba los 
ojos y los contraía como si algo horrible estuviera ocurriendo 
tras sellos. Me había pedido que no lo comentara con mamá. 
Era extraño que me pidiera algo así, porque entre ellos, hasta 
donde yo sabía, no existían secretos. Por el contrario, el amor 
que se prodigaban me resultaba azucarado, casi empalagoso. 
Papá sólo tenía ojos para ella. La miraba con una expresión de 
bobo, como si se tratara de Julia Roberts.
Al llegar al aeródromo, su dolor de cabeza se había agudi-
zado. Cientos de personas esperaban en la calle que abrieron 
las puertas para presenciar el show de esta tarde, en especial el 
de papá, el Gran Agostini. En el hangar nos encontramos con 
sus compañeros. Nos saludaron como siempre, levantando la 
mano y golpeándola contra la nuestra en el aire. Era un mo-
mento, papá me llamó a un lado. Me dijo que tal vez no era 
buena idea que hiciera esas piruetas en el aire -que requerían 
el máximo de su habilidad de concentración- con ese dolor 
de cabeza.
-¿Qué crees? -me preguntó, mirándome a los ojos. 
-Papá, ellos vinieron a verte. No puedes defraudarlos. 
Seguro que arriba se te quita -le respondí.



Yo soy un pájaro ahora 
Vladimir Rivera Órdenes 
Primera edición 2018 
112 páginas
Montacerdos Ediciones

Yo soy un pájaro ahora 
Me dejó una carta sobre la mesa de la cocina. No la vi 
cuando salí de casa. Recién la anoté al mediodía, mientras 
preparaba el almuerzo y Alex no llegaba de clases. Llamé 
al colegio y me dijeron que no había ido. Me preocupé. 
Llamé a sus amigos, pero nadie lo había visto. Ese día 
había comprado los pasajes para ir a Tierra del Fuego, 
como le había prometido. 
A veces hacía eso. Desaparecía. Le gustaba estar solo. 
Le gustaba encerrarse a jugar con sus legos. Nunca tuvo 
amigos, ni siquiera virtuales, hasta que se lo mencioné. 
Entonces, cuando hablaba solo, me decía que hablaba 
con Mar. Era nuestro juego.
Para su cumpleaños número siete llegaron los compa-
ñeros del primer grado, pero Alex se encerró en su pie-
za, no quiso estar con ellos. Inconscientemente culpé a 
su madre: era el primer cumpleaños sin ella. Había sido 
trasladada a tierra del fuego y se dedicaba a contar las 
gotas de lluvia. Pedí disculpas, para todos ser incómodas 
la situación. La mayoría se quedó unos minutos y lue-
go se fue. Cerca de la cena comió su pastel. Le canté el 
"Cumpleaños feliz". Irene lo llamó desde el trabajo. En 
Tierra del Fuego era recién de amanecida.


De una rara belleza 
Simón Ergas
Primera edición 2011
87 Páginas 
La Pollera Ediciones

Capítulo 1 

Eran las 6 de la mañana cuando sonó mi celular. La prime-
ra llamada la rechacé descolocado, me había quedado dormi-
do viendo una película en el notebook y no entendía que hacía 
ese aparato en mi cama ni porque sonaba el teléfono a esa 
hora. No estaba preparado para contestar. No estaba prepa-
rado para nada de lo que ya había pasado. 
El sol todavía no asomada cuando volví a oír la llamada. 
Atendí y la voz de Samy, hermano de mi abuela, me comuni-
có que otra vez había venido eso que se lleva a las personas. 
-Saimon- me dijo -,  se murió el cuña.
Antes que la pena, los por que me forzaron abrir los ojos. 
Me costó despertar, sentarme, entender que había vuelto del 
sueño, descifrar algo que nadie iba a poder explicar. Al 
principio no sentí tristeza. El impacto y la madrugada me 
llevaron a la ducha con muchas preguntas que no me deja-
ban reaccionar. Sin estar seguro de mi vigilia, cubierto con 
el calorcito del chorro, pensé en el fin de la vida, la ausencia, 
el cambio. No me imaginaba lo que había más allá, no me 
esforzaba en visualizar el viaje de mi abuelo; sólo le daba 
vueltas a la idea de vivir sin él. Pensaba en mí, en el agua 
salada que se juntaba en mis ojos y no en porque sentía que 
me desarmaba por dentro. Me vestí como pude para salir de 
inmediato hacia Aurelio González, el palacio de mis abuelos 
desde antes que yo naciera.

viernes, 29 de agosto de 2025


Hozuki, la libreria de Mitsuko
Aki Shimazaki
Primera edición mayo de 2017 
140 páginas
Nórdicalibros - otras latitudes.

Coloco en el escaparate unos libros de ocasión que aca-
bo de comprar. Son más o menos las cuatro de la tarde
y empiezan a caer copos de nieve. 
Taró permanece fuera pese al frío. Sentado a la 
mesa bajo el tejadillo, juega con sus animales de plásti-
co. Absorto en su juego, no repare la nieve. Balancea 
lentamente la cabeza, como si reflexionara. Mi mirada 
se detiene en el color de su pelo: castaño. Distraída, re-
memoro la escena en que yo corría estrechando un bebé 
entre mis brazos.
De pronto, Taró levanta la cabeza y se lanza co-
rriendo a la acera. Extiende sus manitas para atrapar los 
copos, con la boca abierta hacia el cielo. Sonrío. Cuan-
do se vuelve hacia el escaparate, nuestras miradas se en-
cuentran. Me llama el lenguaje de signos: 
-¡Mamá, la primera nevada!
Le respondo articulando cada sílaba: 
-Sí, es el ha-tsu-yu-ki.
De nuevo en la mesa, mi hijo mete los juguetes en 
la bolsa amarilla confeccionada por mi madre. Cuando 
entra, le digo: 
-La abuela está preparando takoyaki.
Abre los ojos como platos. Es su merienda favorita. 
Me dice por signos: 
-¿En serio? ¡Tengo hambre!

El brujo 
Álvaro Bisama
Primera edición agosto de 2016 
224 páginas
Alfaguara

Uno 
A veces me preguntan por mi padre y lo que 
hizo. 
En respuesta, yo cuento esto para explicar 
qué pasó con él.

Mi padre fue fotógrafo. Nos llamamos igual. 
Mi padre se hizo famoso en la década del ochen-
ta porque cubría protestas y movilizaciones. 
Trabajaba para una agencia inglesa de noticias. 
Antes había estudiado arte en la Universidad de 
Chile pero no termino. Yo ya había nacido. Yo 
era hijo de su mejor amiga del colegio, quien 
quedó embarazada en una duna de Reñaca, en 
un viaje escolar de fin de curso, en diciembre 
de 1979. Los dos estaban borrachos y creían ser 
parte de una comedia romántica escolar. Ha-
bían dado la PAA, querían entrar a la universi-
dad. Un mes después, ella quedó seleccionada 
en enfermería y él en arte.
Por supuesto, todo lo que tuvo que ver con 
mi nacimiento fue un desastre de proporcio-
nes. Se mudaron juntos. No tenían la más re-
mota idea de cómo iban a sobrevivir. Sus pa-
dres los odiaban y ellos dos se odiaban entre 
ellos. Mis tíos le dieron una paliza mi padre. 
Mi abuela paterna no le hablo por años a mi 
mamá. Ninguno de los dos tenía veinte años. 
La casa a la que se fueron a vivir quedaba en 
Ñuñoa, cerca de la calle Simón Bolívar. Era de 
un pariente que les cobraba un arriendo sim-
bólico. Fue el único que los ayudó. Les prestó 
la casa para que tuvieran algo de paz, algo de 
tranquilidad, cosa que no fue posible porque 
mi padre sufría depresión y muchas veces 
se quedaba bebiendo hasta tarde en bares o en 
plazas después de la universidad...


Mi pecado 
Javier Moro 
Primera edición abril de 2018 
382 páginas
Espasa 

Madrid, 1940-1943 
Sentada en el taburete Terciopelo, frente al tocador de 
su dormitorio, Conchita Montenegro se acercó al espejo. 
Con sus uñas brillantes talladas en forma de almendra, 
despegó una una de las finas tiras de esparadrapo que suje-
taban un palillo colocado entre las cejas, perpendicular a 
la nariz. Era un truco de Juana para luchar contra la arruga 
vertical del ceño, que ya asomaba. Juana era la más peque-
ña de sus tres hermanas y vaya ocurrencias tenía. Pero en la 
guerra contra los estragos de la edad, todo valía, no se po-
día despreciar ningún arma, ni siquiera un moldadientes.
Una vez despejado el rostro, se quedó mirándolo. Allí se-
guía esa arruguilla ceñuda, aunque amortiguada. Por lo 
demás, su cutis era un paisaje perfecto. Cuántos cumpli-
dos le había valido esa tez nacarada..., casi tanto como 
los dirigidos a su mirada voluptuosa o al "cristalino" tim-
bre de su voz. Aunque sólo ella, a fuerza de escudriñar el 
rostro poro a poro, al acecho cualquier cambio, por mí-
nimo que fuese, era capaz de detectar sus más sutiles de-
formaciones. A la altura del ojo derecho distinguió el surco 
de una incipiente pata de gallo. "Vaya regalito de cum-
pleaños...", pensó.
Acababa de cumplir treinta y dos; pocos años para 
Concepción Andrés Picado, su nombre al nacer; muchos 
para una estrella de cine conocido mundialmente como 
Conchita Montenegro...


J.R.R Tolkien
El Hobbit

Una tertulia inesperada en un agujero en el suelo, viví un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada, en qué sentarse o qué comer: era un agujero Hobbit, y eso significa comodidad. Tenía una puerta redonda, perfecta, como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce, dorada y brillante, justo en medio. La puerta sabría con un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel, muy cómodo, sin humos, con paredes, revestidas de madera y suelos, enlazado y alfombrados, provistos de sillas, barnizadas y montones y montones de perchas para sombreros sombreros y abrigos; el Hobbit era aficionado a las visitas. El túnel extendía ser Pando, y penetraba bastante, pero en directo, pero no directamente, en la heladera de la colina.-la colina, cómo se llamaba toda la gente de muchas millas alrededor-, y muchas Puertecitos, redondas abrían en él, primero a un lado, y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodega, despensas, muchas, armarios, habitaciones enteras, dedicadas a la ropa, cocina, comedor, comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad, en el mismo pasillo, las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas, redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de Masaya, camino del río.
Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba bolsón. Los bolsón habían vivido las cercanías de la colina, desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también, porque nunca te tenía ninguna aventura, ni algo ni hacían algo inesperado: no podía saber lo que diría un bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo, esta es la historia de cómo un bolsón tuvo una aventura, y se encontró asimismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperada. Podría haberse perdido el respeto de los vecinos, pero ganóBueno, ya veréis si al final ganó algo.



J.R.R Tolkien
El señor de los anillos, El retorno del rey

Mina Spirit piping, miró fuera amparado en la caja de Gandalf. No sabía si estaba despierto o si dormía, dentro aún de este sueño, vertiginoso que lo había arrojado desde el comienzo de la larga cabalgata. El mundo oscuro se deslizaba, veloz, y el viento le canturreaba los oídos. No veía nada más que estrellas, fugitivas, y lejos, a la derecha, desfilaba las montañas del sur, como sombras extendidascontra el cielo. Despierto solo a medias, trató de echar cuentas sobre la jornadas y el tiempo de viaje, pero todo lo que le venía a la memoria era nebuloso, impreciso.
Luego de una primera etapa en una, a una velocidad terrible, y sin un solo alto, había visto al Alba, un resplandor dorado y pálido, y luego llegaron a la ciudad silenciosa y a la gran casa desierta en la cresta de una colina. Y apenas habían tenido tiempo de refugiarse en ella, cuando la sombra helada surcó otra vez al cielo, y todos se habían estremecido de horror. Pero Gandalf lo había tranquilizado con palabras dulces, y pipí, se había vuelto a dormir en un rincón, cansado, pero inquieto, oyendo vagamente entre sueños, el trajín y las conversaciones de los hombres y las voces de mando de Gandalf. Y luego, cabalgar otra vez, cabalgar, cabalgar en la noche. Era la segunda, no, la tercera noche, desde que Pipin hurtar a la Piedra y la escudriñara.Y con aquel recuerdo horrendo, se despertó por completo y se estremeció, y el ruido del viento se pobló de voces amenazantes.
Una luz encendió en el cielo, una llamarada de fuego amarillo, detrás de unas barreras sombrías. Pipí se acurrucó, asustado, un momento, preguntándose a qué país horrible lo llevaba Gandalf. Se restregó los ojos, y vio entonces que era la luna, ya casi llena, que asomaba en el éste por encima de la sombra. La noche era joven aún y el viaje en la oscuridad durante horas y horas. Se sacudió y habló. dónde estamos. Gandalf. Preguntó en el reino de Gondor, respondió el mago, todavía no hemos dejado atrás en las tierras de Anoria



J.R.R Tolkien
El señor de los anillos, las dos Torres

La partida de Boromir Aragón trepó rápidamente por la colina. De vez en cuando se inclinaba hasta el suelo. Los Hobbits tienen el paso leve y no dejan huella fáciles de leer, ni siquiera para un montarás, pero no lejos de la cima, un manantial, cruzaba el sendero, y ahora golpeó la tierra húmeda, lo que estaba buscando.Interpreto bien, los signos se dijo. Frodo corrido a lo harto de la colina que habrá visto. allí me pregunto, pero luego bajó por el mismo camino.
Ana cortó. Hubiera querido que el mismo hasta el elevado auxiliar, esperando ver algo que lo orientase de algún modo, pero el tiempo premiada. De pronto dio un salto hacia delante, y corrió a la cima; atravesó las grandes losas y subió por los escalones. Luego, sentándoselo en lo harto del cereal, miró alrededor. Pero el sol, parecido oscuro, y el mundo apagado y lejano.Se volvió desde el norte, y dio una vuelta completa, hasta mirar de nuevo al norte, y no vio nada, excepto las colinas distantes, aunque ya lo lejos, la forma de un pájaro grande, parecido a un águila, planeaba en el cielo, otra vez, y descendía a tierra en círculos, amplios y lentos.
Aún mientras observaba, alcanzó oír unos sonidos débiles en el bosque que se extendían allá abajo al oeste del río. Se enderezó. Eran gritos, y entre ellos reconoció con horror, las voces roncas de los orcos. Un instante, después resonó de súbito la llamada profundo y gutural de un cuerno, y lo secos, golpearon las colinas y se extendieron por lasabandonadas, elevándose sobre el rugido de las aguas en un poderoso glamour.
El cuerno de Boromir gritó Vargas Boromir está en dificultades, se lanzó escalones abajo y se alejó, saltando por el sendero, ay hoy me persigue un destino Festo, y todo lo que hago sale torcido. Dónde está dónde está Sam, mientras corría los gritos, aumentaron, pero la llamada del cuerno era ahora más débil y más desesperada. Los aullidos de los orcos se alzaron feroces y agudos, y de pronto el cuerno cayó. Ágora bajó a todo correr la última pendiente, pero antes que antes que llegara al pie de la colina, los sonidos fueron pagándose, y cuando dobló la izquierda para correr tras sellos, comenzaron a retirarse hasta que al fin ya no pudo irlos.Sacando la espada, brillante, gritando, Lenin Elendil se precipitó entre los árboles.



J.R.R. Tolkien
El señor de los anillos, La comunidad del anillo, 
Primera Edición, octubre de 1991, 

Libro primero una reunión muy esperada.

Cuando el señor Bilbo bolsón de bolsón cerrado, anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños 100º 11º con una fiesta de especial magnificencia, hubo muchos comentarios y excitación en Hobbiton. Bilbo era muy rico y muy peculiar, y había sido el asombro de la comarca durante 60 años, desde su memorable, desaparición e inesperado regreso. Las riquezas que había traído de aquellos viajes, habían convertido en una leyenda local, y era creencia común, contra todo lo que pudieran decir, los viejos, que en la colina de bolsón cerrado, había muchos túneles anti borrados de tesoros,como si esto no fuera suficiente para darle fama, el prolongado vigor del señor bolsón, era la maravilla de la comarca. El tiempo pasaba, pero parecía afectarlo muy poco. A los 90 años, tenía el mismo aspecto que a los 150.
A los 99 comenzaron a considerarlo bien conservado, pero sin cambios hubiese estado más cerca de la verdad. Había muchos que meneaban la cabeza, pensando que eran demasiadas cosas buenas; parecía injusto que alguien tuviese en apariencia, una juventud eterna, y a la vez se suponía, siempre inagotables. Tendrá que pagar, decían no es natural y traerá problemas.
Pero tal es problemas, no habían llegado, y como el señor bolsón era generoso con su dinero, la mayoría de la gente estaba dispuesta a perdonar de sus rarezas y su buena fortuna. Se visitaba con sus parientes, excepto, claro está, lo saco Villa-bolsón y contaba con muchos de votos admiradores entre los hobbies de familias pobres y poco importantes. Sin embargo, no tuvo amigos íntimos, hasta que alguno de sus primos más jóvenes fueron haciéndose adultos. El primo mayor, y el favorito de bolsón era el joven Frodo bolsón. Cuando Bilbo cumplió 99 años, adoptó a Frodo como heredero, y lo llevó a vivir consigo a buzón, cerrado; las Esperanza de los saco Villa bolsón, se desvanecieron del todo. Ocurría que Bilbo y Frodo cumplían años el mismo día: el 22 de Septiembre. Mejor será que te vengas a vivir aquí, muchacho, dijo Bilbo un día, y así podremos celebrar nuestros cumpleaños cómodamente juntos. En aquella época, Frodo estaba todavía en la veintena, como los hobbies, llamaban a la irresponsables 20 años, que medían entre los 13 y los 33.