miércoles, 25 de agosto de 2010

Como gotas de agua

- ¡Eh, viejo amigo!
La estentórea voz se alza por encima de las conver-
saciones de los clientes y devuelve a Anderson al pre-
sente. Es un bar acogedor, con multitud de estudiantes
de la universidad, pero Anderson está sentado solo.
Frente a él hay un vaso medio vacío, a pocos centíme-
tros de una servilleta de papel. Varias manchas de hu-
medad decoran el techo del local. Anderson ha estado
tratando de recordar la forma de conocer a la gente en
los bares, cómo trabar conversación con los descono-
cidos. Se alguna vez lo supo, ya lo ha olvidado.

Como gotas de agua
Scott Borg
573 Páginas
1era Edición Noviembre 1998
Grupo Zeta Ediciones

domingo, 8 de agosto de 2010

El lugar sin límites

Un mundo que es el infierno, donde se ponen al descubierto las falsas apariencias, la sordidez, la violencia y la miseria que lo agobia. Todo sucede alrededor del burdel de la Japonesita. Y de la Manuela, ese ambiguo y genial personaje, crisol de las pasiones y revelador de una falsa moral; cuestionador de la masculinidad y sus valores.













"La Manuela despegó con dificultad sus ojos laga-
ñosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado
opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la ma-
no para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de
once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus pár-
pados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la
cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pi-
diera el desayuno. Frotó la lengua contra su encía des-
poblada: como aserrín caliente y la respiración de hue-
vo podrido. Por tomar tanto chacolí para apuntar a los
hombres y cerrar temprano. Dio un respiro - ¡cla-
ro!-, abrió los ojos y se sentó en la cama: Pancho Ve-
ga andaba en el pueblo. Se cubrió los hombros con el
chal rosado revuelto a los pies del lado donde dormía
su hija. Sí. Anoche le vinieron con ese cuento. Que
tuviera cuidado porque su camión andaba por ahí, su
camión ñato, colorado, con doble llanta de las ruedas
traseras. Al principio la Manuela no creyó nada por-
que sabía que gracias a Dios Pancho Vega tenía otra
querencia ahora, por el rumbo de Pelarco, donde esta-
ba haciendo unos fletes de orujo muy buenos. Pero al
poco rato, cuando había casi olvidado lo que le dije-
ron del camión, oyó la bocina en la otra calle frente al
correo. Casi cinco minutos seguidos estaría tocando,
ronca e insistente, como para volver loca a cualquiera.
Así le dada por tocar cuando estaba borracho. El idio-
ta creía que era chistoso. Entonces la Manuela le fue a
decir a su hija que mejor cerraran temprano, para qué
exponerse, tenía miedo que pasara lo de la otra vez.La
Japonesita advirtió a las chiquillas que se arreglaran
pronto a los clientes o que los despacharan: que se
acordaran del año pasado, cuando Pancho Vega andu-
vo en el pueblo para la vendimia y se presentó en su
casa con una pandilla de amigotes prepotentes y llenos
de vino - capaz que hasta hubiera corrido sangre si en
eso no llega don Alejandro Cruz que los obligó a por-
tarse en forma comedida y como se aburrieron, se fue-
ron. Pero decían que después Pancho Vega andaba fu-
rioso por ahí jurando:
- A las dos me las voy a montar bien montadas, a
la Japonesita y al maricón del papá..."

El lugar sin límites
José Donoso
134 Páginas
Publicado por primera vez en 1966
1era Edición Noviembre 1995
Alfaguara

domingo, 1 de agosto de 2010

La Huachita

En el prólogo a los 13 cuentos que componen La Huachita, José Miguel Varas precisa que la costumbre de indicar la fecha de escritura al final de cada historia se debe a un consejo que le dio su padre literario. Acto seguido, el autor agrega que esto le ha significado sufrir las pullas de un antiguo condiscípulo, quien le enrostra, machaconamente, que tras la datación se esconde un acto de vanidad risible, pues presupone que en el futuro alguien clasificará con todo detalle la obra de Varas. "No había pensado en eso", concluye Varas con humor pétreo.

"Caminando un día, como todos los días, por estas calles
tierrosas de Calama, me topo con algo que parece un
animalito muerto. Es un sector apartado, una especie de
peladero adonde llegan los mineros a botar esos mansos autos
yanquis que los enloquecen cuando se echan a perder, cuando
pasan de moda o, a lo mejor, cuando se les acaba la bencina.
Entremedio de esos armatostes de lata tapizados de tierra veo
en el suelo, al lado de un cierre de concreto, un cuerpecito
oscuro, ¿un gato o un perrito muerto?, acurrucado en posición
fetal, con las patas encima de la cabeza, tapando los ojos y las
orejas, la postura del que no quiere saber, ver ni oír más de este
mundo. Me agacho, lo recojo y veo que es una perrita mora,
muy fina ella, con su cabecita triangular y a los dos lados unos
ojos enormes, cerrados. Vive, está tibia, el corazón le late, los
ojos le palpitan detrás de los párpados, como si quisiera abrirlos
y no se atreviera. La acurruco contra el pecho y deja escapar un
quejido muy débil. Me doy cuenta de que está maltratada, sangra
de un desgarrón de la oreja derecha. Levanto la vista y veo que
estoy a pocos pasos de la casa de la tía Aurelia. No podía tener
mejor destino. Es como para creer que alguién dirige las cosas
que deben pasar. A veces lo creo. Raras veces..."


La Huachita
José Miguel Varas
166 Páginas
1era Edición 2009
LOM Ediciones

sábado, 17 de julio de 2010

Chesil Beach

Tienen poco más de veinte años y se conocieron en una manifestación en contra de las armas nucleares. Florence es una chica de clase media alta. Edward, en cambio, pertenece a una familia que vive en la zona baja de la clase media. Ambos son inocentes, y vírgenes, y tras un largo cortejo se han casado. Es un día de julio de 1962, y el tsunami de la revolución sexual no ha llegado a Inglaterra. Edward y Florence van a pasar su noche de bodas en un hotel junto a Chesil Beach. Y lo que sucede esa noche es la materia con que McEwan construye su chejoviano, terrible mapa de una relación, del amor, del sexo, y también de una época, y de sus discursos y sus silencios.

"Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella no-

che, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la
conversación sobre las dificultades sexuales era clara-
mente imposible. Pero nunca fue fácil. Acababan de
sentarse a cenar en una sala diminuta en el primer
piso de una posada georgiana. En la habitación con-
tigua, visible a través de la puerta abierta, había una
cama de cuatro columnas, bastante estrecha, cuyo
cobertor era de un blanco inmaculado y de una ter-
sura asombrosa, como alisado por una mano no hu-
mana. Edward no mencionó que nunca había esta-
do en un hotel, mientras que Florence, después de
muchos viajes de niña con su padre, era ya una ve-
terana. Superficialmente estaban muy animados. Su
boda, en St. Mary, Oxford, había salido bien; la ce-
remonia fue decorosa, de recepción alegre, estentó-
rea y reconfortante la despedida de los amigos del
colegio y de la facultad..."


Chesil Beach
Ian McEwan
187 Páginas
1era Edición Febrero 2008
Editorial Anagrama

domingo, 11 de julio de 2010

El desierto

"Lo primero que Laura reconoció, al adentrarse en la vasta llanura desértica que rodeaba al oasis de Pampa Hundida, fue el horizonte de aire líquido. La muralla del espejismo temblaba en el horizonte del desierto, atravesando la autopista: una catarata de aire hirviente manando del cielo quemado por el reflejo de los salares, cayendo sobre el lecho del mar que se había ausentado un millón de años antes. Por un instante, tras ese muro de calor que palpitaba como un cristal recién fraguado, Laura creyó ver enor- mes rostros, siluetas humanas gigantescas, bocas distorsionadas, que gritaban en su dirección, que apelaban a ella, pidiéndole o enrostrándole algo inaudible, el dolor de una deserción tan larga como el millón de años transcurrido desde que el mar se evaporó de esas pampas. Era como si el propio paredón del horizonte líquido le aullará..."

Por eso es que yo lo llamaba y le preguntaba. Pero no le preguntaba “Oiga, ¿le pegó o azotó a alguien?”. Si era problema de él pues. Él me habría dicho que no, aunque les hubiera pegado. Hay que entender lo que es un servicio de inteligencia. La persona que tiene a cargo un servicio de inteligencia toma las medidas que considera necesarias y responde al Presidente de la información que entrega. Bueno, Contreras dice que yo tomaba desayuno con él a veces...Claro que tomaba desayuno con él, para que me contara lo que estaba pasando. Yo no le preguntaba: “Oye, ¿A quién matarás?.
Augusto Pinochet

El texto “El Desierto” de Carlos Franz, se configura de dos partes que se van hilando a través del relato. Una parte se sitúa en un pueblo llamado “Pampa Hundida” donde se celebra una fiesta pagana en honor a una virgen. La historia relata cómo en estos días de fiesta, un personaje que habitaba hace muchos años esos lugares, decide regresar a rearmar su historia, que a través del paso de los días, va desvelando al lector, la historia de un pueblo, como muchos otros, testigo de un campo de concentración en las afueras del mismo.
La segunda parte, es el relato en forma de carta de este personaje, que es una exiliada llamada Laura, intentando explicarle a su hija, porqué guardó silencio durante años de lo vivido en Chile, específicamente desde el inicio de la dictadura militar en 1973.
El texto posee una fuerza narrativa, que pareciera que el lector realmente fuera de a poco penetrando, internándose y formando parte de aquella historia que se relata. Y es que, de uno u otro modo, esta historia nos contiene a todos Y no lo digo sólo desde mi posición particular de chilena, hija de exiliados, y lectora local, sino que creo observar en el relato la posibilidad de esta obra, de ser extemporánea y perteneciente a todos los que han vivido la transformaciones circulares de la historia, es decir, la guerra y la paz, la historia del hombre que se escribe o se inscribe por el juego entre revolución y reacción, en constantes giros que se repiten pero que se diferencian en pequeños detalles que significan sólo por el flujo asimétrico que posee el paso del tiempo.
El libro posee varias lecturas que van jugando paralelamente con la historia central, lecturas que son complementos absolutamente necesarios para entender el eje central de la misma, pero que pueden a la vez, jugar como cuentos solitarios, debido al poder de lo que hablan esas historias.
Especulo que dos escenarios fueron necesarios para que Carlos Franz mirara la historia de Chile de los últimos treinta años, el primero, un pueblo en el desierto chileno, reflejo espectral de lo que es el Chile Contemporáneo, con la concentración del poder en pocas manos consensuadas en guardar silencio en pro de su beneficio personal, y un pueblo sometido al movimiento de la marea que el poder indique, elementos, que conjugados, dan vida a una cantidad de historias de marginación, tortura, disciplinamiento, carnaval, silencio, pasión y poder.
El segundo escenario, es Berlín, Europa, Occidente, donde un individuo escribe a través de cartas, toda la violencia que la historia traspasó a través de su cuerpo, todo el desgarramiento que implica llevar la “procesión” de acontecimientos.
Sociedad e individuo, intercalándose para dar cuenta poco a poco de la articulación de un pasado reciente, de un pedazo de tierra y su gente. Son estas dos miradas revueltas, que son, a mi parecer, reflejo de la posición y distancia que tiene el autor con el texto. Franz logró, sea esto premeditado o no, situarse desde el lugar que ocupa en la vida y extrapolarlo al texto, mezclando un escenario lejano, escondido en un recóndito lugar de Chile, el cual se escribe en forma impersonal y distanciada, y otro escenario europeo donde el autor se pone como personaje travestido, escribiendo en un formato intimista como es la carta. Un juego dialéctico entre sociedad e individuo hecho en el texto, para dar vida a la historia social de un pueblo.
El desierto
Carlos Franz
476 Páginas
1era Edición Abril 2005
Editorial Sudamericana