sábado, 21 de diciembre de 2024


Héroes
Historia Secreta de Chile
Jorge Baradit
Primera edición Septiembre 2019
183 páginas

ÁGUEDA MONASTERIO
Espía y agitadora de nuestra independencia

En el colegio nos enseñan la Independencia de Chile como 
si se tratara de un proceso lineal que comienza de repente en 
1810 con la primera junta de gobierno y que termina con la 
batalla de Maipú, en 1818. Nos explican el proceso como si 
fuera un partido de fútbol.

El pitazo inicial del primer tiempo, la Patria Vieja, lo da 
Mateo de Toro y Zambrano. En la cancha se enfrentan los Ca-
rrera, O’Higgins y sus hombres contra los malditos españoles 
(que en realidad también eran chilenos, sólo que partidarios 
de seguir siendo súbditos del imperio español). La estrate-
gia de los primeros minutos de partido parece responder a la 
perfección al plan, pero pronto los realistas contratacan con 
fuerza. A Carrera le pesa la camiseta de estratega, por lo que le 
quitan la jineta de capitán y se le entregará O’Higgins, quien 
tampoco de la talla al momento de reordenar sus líneas. Los 
realistas continúan presionando y avanzan desde Talcahuano 
hasta tomarse el medio campo. Los patriotas retroceden, pe-
leándose entre ellos. Nuestro equipo ya es una bolsa de gatos 
ególatras y siguen perdiendo metros hasta que ¡paf!, a la altura 
de Rancagua, el área chica, sufren un ataque coordinado que 
simplemente los hace pedazos. Uno a cero.



El manto 
Marcela Serrano 
Primera edición noviembre de 2019 
184 páginas 
Penguin Random House Grupo Editorial

Alguna vela llevo yo en este entierro. Después de todo, 
mi hija heredó su nombre. 

Se llamaba Margarita María Macarena. Muchas M a
cuestas. Nació el 15 de junio de 1950, en la mitad del 
año que dividió en dos el siglo pasado. La tercera de 
cinco hermanas, otra vez al medio. Todo partido por la 
mitad. Era Géminis.

viernes, 20 de diciembre de 2024


Una mujer en Villa Grimaldi 
Nubia Becker Eguiluz 
Primera edición noviembre de 2011 
115 páginas
pehuén

1. LA CAÍDA 
ESA NOCHE EL TERROR endureció mi piel y mis rodillas sonaron como cas-
cabeles: tanto era lo que temblaban sin que yo pudiera sosegarlas. Había 
perdido toda sensación de espacio y de equilibrio, pero aun así me esfor-
zaba por encontrar algún indicio de claridad, y de establecer aunque fuera 
una mínima relación con este mundo. Pero el scotch y la venda con que 
sellaron mis ojos no dejaban filtrar la luz. Por eso mismo se me agudizó el 
oído y se me grabaron todos los sonidos de esa travesía

Escuchaba el jadeo de los hombres excitados por la violencia y los in-
sultos con que ordenaba nuestros movimientos. Sentía a mi lado el tem-
blor de otras rodillas, las de Marcela, y a mis pies la respiración de Carlos 
que, maniatado, permanecía de bruces en el fondo del vehículo.

No escuchaba a Samuel, ¿Iba con nosotros; al lado de Carlos, tal vez? 
No, no iba con nosotros. Después supe que unos cuantos hombres 
del grupo operativo llamado Halcón que nos atrapó, al mando del capitán 
de Ejército Miguel Krassnoff- más un oficial de Carabineros, de apellido 
Laurence y el oficial de Ejército llamado teniente Paulito, reforzado por el 
civil Osvaldo Romo o guatón Romo, el suboficial de carabineros Basclay 
Zapatal, apodado el Troglo y la suboficial Rosa Humilde, a la que llamaban 
la Comandanta-, se lo llevaron en un Fiat, que hizo relevo en la Escuela 
de Sub-Oficiales de Carabineros, a la Villa Grimaldi.

El cazador de historias 
Eduardo Galeano
Primera edición 2016 
272 páginas 
Siglo XXI editores 

Huellas 
El viento borra las huellas de las gaviotas. 
Las lluvias borran las huellas de los pasos humanos. 
El sol borra las huellas del tiempo. 
Los cuentacuentos buscan las huellas de la memoria 
perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se 
borran.


Lilus Kikus
Elena Poniatowska
Ilustradora Fernanda Piderit
Primera Edición Mayo 2020
Recrea Libros

"Lilus Kikus... Lilus Kikus... ¡Lilus Kikus, te estoy hablando!". 
Pero Lilus Kikus, sentada en la banca de la calle, está 
demasiado absorta operando a una mosca como para oír 
los gritos de su mamá. Lilus nunca juega en su dormitorio, 
ese cuarto que el orden ha echado a perder. Mejor juega en 
la esquina de la calle, debajo de un árbol chiquito, plantado 
en la orilla de la vereda. De allí ve pasar a los autos y a las 
gentes que caminan muy apuradas, con cara de que van a 
salvar el mundo...

Lilus crees en las brujas y se cose en los calzones un ramito 
de hierbas finas, romerito y pastitos; un pelo de Napoleón, 
de los que venden en la escuela por diez pesos. Y su diente, 
el primero que se le cayó. Todo esto lo mete en una bolsita 
que le queda sobre el ombligo. Las niñas se preguntarán 
después en la escuela cuál es la causa de esa pretuberancia.

En una cajita, Lilus guarda también la cinta negra de un 
muerto, dos pedacitos grises y duros de uñas de pie de su 
papá, un trébol de tres hojas y el polvo recogido a los pies 
de un Cristo en la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad. 
Desde que fue al campo de un tío suyo, Lilus encontró 
sus propios juguetes. Allá tenía un nido y se pasaba horas
enteras mirándolo fijamente, observando los huevitos y las 
briznas de que estaba hecho. Seguía paso a paso, y con 
gran interés, todas las ocupaciones del pajarito...