sábado, 11 de diciembre de 2010

Cien Microcuentos Chilenos


FÁBULA
Un pastor se encuentra con un lobo.
- ¡Que hermosa dentadura tiene usted, señor lobo!-le dice.
- ¡Oh! - responde el lobo- mi dentadura no vale la gran cosa,
pues es una dentadura postiza.
- Confesión por confesión, entonces -dice el pastor-; si su
dentadura es postiza, yo puedo confesarle que no soy pastor:
soy oveja.

CORDERO DE DIOS
- ¿Por qué vas a matarme?¿No sabes acaso que soy el Cor-
dero de Dios que quita los pecados del mundo?
- Precisamente por eso.

CALIDAD Y CANTIDAD
No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al
alba, cuando su amada era más larga.

VELORIO
-¿Quiero verlo?- ofreció el padre, al tanto de nuestra larga
amistad.
-No- les respondí- no me gusta ver el rostro de mis amigos
muertos.
La madre, la familia en pleno y los vecinos me observaron
como al verdadero asesino.

TOQUE DE QUEDA
-Quédate, le dije.
Y la toqué.

GOLPE
-Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe?
-Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar don-
de te dio.
El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo
en la mirada tenía un tinte violáceo.

Cien microcuentos chilenos
Juan Armando Epple
136 Páginas
1era Edición, Junio 2002
Editorial Cuarto Propio

El inútil de la familia


Cuando Joaquín partió esa mañana de domingo al
Hipódromo Chile, calculo a fines de 1958 o a comienzos
de 1959, ya se le había olvidado, parece, el origen exacto de
su manía, de su pasión frenética por el juego. Lo que él si sa-
bía, supongo, es que venía de muy atrás y de muy lejos, qui-
zá de los patios del Liceo de Hombres de Valparaíso en los
primeros tiempos del parlamentarismo, el régimen que había
triunfado entre nosotros en la guerra civil de 1891. Pero lo
más probable es que el momento preciso, la primera apari-
ción, se le hubiese borrado de la memoria. Todo tendría que
ver, a lo mejor, con esos patios, con los gritos destemplados
de sus compañeros de curso, con el viento helado de los ce-
rros, que cortaba como un cuchillo, y también con la cara,
con el bigote de su padre (don Joaquín, el hermano mayor de
mi abuelo), cuando él, tú, de niño, en los comienzos de la
adolescencia, regresabas lleno de polvo, con las mangas de la
camisa rotas, con los pantalones bolsudos, al caserón frío del
Almendral, en el plano del puerto. Esa mañana en Santiago,
medio siglo, más de medio siglo más tarde, había niebla, flo-
taba encima de las casas del barrio bajo un aire sucio, húme-
do, y daba la impresión de que el vicio de tus años juveniles,
la pasión inexplicable, hubiera vuelto con toda su fuerza..."

Notable libro. De acá salté a leer a Joaquín Edwards Bello.

El inútil de la familia
Jorge Edwards
360 Páginas
1era Edición, Octubre 2004
Alfagura

viernes, 8 de octubre de 2010

Oficina de mujeres extraviadas











En su libro "No te cases con una mujer de pies grandes", ese monumen-
tal catastro de la mosoginia universal, la antropóloga literaria Mineke
Schipper reúne nada menos que quince mil proverbios escritos y ora-
les referidos a las mujeres y al modo como han sido percibidas por los
hombres de las más disímiles épocas y latitudes. La autora holandesa
demuestra allí, sin fisuras, algo que nosotros, los machos o machitos,
probablemente nunca hemos estado dispuestos a admitir: que ellas nos
inspiran temor. Sin ir más lejos, el propio título del libro - un refrán
distinguible en cualquier cultura, según la doctora señora Schipper- da
cuenta de eso con claridad: los mozos que aún se encuentran en edad
casadera no deben casarse con hembras que los superen en talento, en
altura, en inteligencia o incluso en la medida de los zapatos, pues tarde
o temprano acabarán con la cabeza aplastada bajo el peso implacable
de sus suelas.

Oficina de mujeres extraviadas
Alfonso Calderón
178 Páginas
1era Edición, Abril 2009
Ediciones Universidad Diego Portales

Los amantes de Estocolmo














Hace una semana murió la mujer de mi vecino y recién

ahora me entero de ello. Tanto me abruma esa noticia
que no dispongo de la calma necesaria para continuar es-
cribiendo este proyecto de novela. Es lamentable. La-
mentable y a la vez asombroso, por cuanto a mí no suele
conmoverme la muerte de nadie; menos, la de descono-
cidos. Yo jamás tuve al oportunidad de ver a María Elias-
son. Hoy, sin embargom desde su ausencia implacable, se
me torna lacerante y enigmática.

Nunca la vi, ya lo dije, y a su esposo apenas lo divisé en
una sola ocasión. Fue hace días, cerca de las dos de la tar-
de, cuando tras almorzar y beber una taza de té de arroz,
me puse a corregir el texto - como es mi costumbre -
junto a la ventana del estudio de esta pequeña casa de ma-
dera que alquilo con mi mujer frente al Báltico ahora con-
gelado. Mientras desde el primer piso llegaba tenue el Vals
triste, de Jan Sibelius, y afuera el sol resbalaba por entre
los abedules, Markus Eliasson y sus pequeños daban en su
jardín los toques finales a un hombre de nieve: dos gran-
des botones por ojos, una zanahoria gruesa y algo curva
por nariz, una larga bufanda negra atada al cuello. Más
tarde, cuando Markus y los niños ingresaron a su casa, el
monigote contemplaba ensimismado la estatua de Palas
Atenea que observa a su vez el frontis de la casa como a la
espera de algo.

Los amantes de Estocolmo
Roberto Ampuero
304 Páginas
1era Edición, Septiembre 2003
Planeta

Madre que estás en los cielos

Notable, conmovedor, un libro que no te suelta hasta que terminas de leer la última página.

Madre que estas en los cielos
Pablo Simonetti
412 Páginas
1era Edición, Abril 2000
TusQuets