sábado, 11 de diciembre de 2010

Santiago Cero


Tú no siempre fuiste tú. Tú no siempre habitaste una
isla. Tú fuiste una vez inocente. Lo eras antes de que
llegara aquella primera carta.
Fue un lunes, a mediados de mayo, durante el
último curso de la Carrera. Eran cinco o seis hojas
grandes, delgadas y traslúcidas, escritas a máquinas.
Venían en un sobre aéreo celeste, orillado de peque-
ños jets; el borde corto, junto a las estampillas, brus-
camente desgarrado.
Sebastián la leyó en voz alta en la mesa que pre-
sidía el afiche del Neuschwanstein, al fondo de la ca-
fetería. Se había sentado en tu antiguo puesto. Preci-
samente allí donde lo encontraste suplantándote jun-
to a Raquel y el resto del tus amigos, a comienzos del
curso, un par de meses antes.

Santiago Cero
Carlos Franz
168 Páginas
1era Edición, Noviembre 1997
Seix Barral

El roto


DETRAS DE LA ESTACIÓN
Central de ferrocarriles, llamada Alameda, por estar a la entrada de
esa avenida espaciosa que es orgullo de los santiaguinos, ha
surgido un barrio sórdido, sin apoyo municipal.
Sus calles se ven polvorientas en verano, cenagosas en invierno,
cubiertas de harapos, desperdicios de comida, chancletas ratas
podridas. Mujeres de vida airada rondan por las esquinas al caer la
tarde; temerosas, embozadas en sus mantos de color indeciso,
evitando el encuentro con policías... Son miserables busconas,
desgraciadas del último grado, que se hacen acompañar por obreros
astrosos al burdel chino de la calle Maipú al otro lado de la
Alameda. La mole gris de la Estación Central, grande y férrea
estructura, es el astro alrededor del cual ha crecido y se desarrolla
esa rumorosa barriada.
Algún trabajo costó llevar el riel a la capital cerrada en sus
murallas de granito, enemiga del mar. La influencia anglosajona.
patente en la costa, no llega a Santiago, baluarte colonial, clerical
y reaccionario, donde se conserva vivo el espíritu vanidoso y
retrógrado de los mandarines que en 1810 hicieron acto de
sumisión a Dios y al rey contra el gran Rozas. Un político
santiaguino se opuso al ferrocarril: “Ese sistema de locomoción
traerá la ruina de los propietarios de carretas”, deda en
memorables sesiones: al sapiente Bello llamó “miserable
aventurero” porque defendí a el riel. A pesar de la oposición
parlamentaria y los inconvenientes materiales, llegó la
locomotora a despertar la Alameda apacible y franciscana, con
sus acequias de pueblo. Los santiaguinos empezaron a
transformarse; los primeros que fueron a ver el mar llevaron a la
fonda colchones, frazadas y comestibles; en el tren iban
comunicativos y desordenados como en los paseos en carreta.
El que fue extrarradio desierto, triste en el día y peligroso en la
noche, con cruces y velas al borde de los caminos marcando el
sitio donde cayeron los asesinados, ha llegado a ser un barrio
hirviente, lleno del ruido de las máquinas, los motores, la gritería
de los pilluelos y vendedores ambulantes.

El roto
Joaquín Edwards Bello
174 Páginas
1era Edición, 1920
Editorial Universitaria

Cien Microcuentos Chilenos


FÁBULA
Un pastor se encuentra con un lobo.
- ¡Que hermosa dentadura tiene usted, señor lobo!-le dice.
- ¡Oh! - responde el lobo- mi dentadura no vale la gran cosa,
pues es una dentadura postiza.
- Confesión por confesión, entonces -dice el pastor-; si su
dentadura es postiza, yo puedo confesarle que no soy pastor:
soy oveja.

CORDERO DE DIOS
- ¿Por qué vas a matarme?¿No sabes acaso que soy el Cor-
dero de Dios que quita los pecados del mundo?
- Precisamente por eso.

CALIDAD Y CANTIDAD
No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al
alba, cuando su amada era más larga.

VELORIO
-¿Quiero verlo?- ofreció el padre, al tanto de nuestra larga
amistad.
-No- les respondí- no me gusta ver el rostro de mis amigos
muertos.
La madre, la familia en pleno y los vecinos me observaron
como al verdadero asesino.

TOQUE DE QUEDA
-Quédate, le dije.
Y la toqué.

GOLPE
-Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe?
-Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar don-
de te dio.
El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo
en la mirada tenía un tinte violáceo.

Cien microcuentos chilenos
Juan Armando Epple
136 Páginas
1era Edición, Junio 2002
Editorial Cuarto Propio

El inútil de la familia


Cuando Joaquín partió esa mañana de domingo al
Hipódromo Chile, calculo a fines de 1958 o a comienzos
de 1959, ya se le había olvidado, parece, el origen exacto de
su manía, de su pasión frenética por el juego. Lo que él si sa-
bía, supongo, es que venía de muy atrás y de muy lejos, qui-
zá de los patios del Liceo de Hombres de Valparaíso en los
primeros tiempos del parlamentarismo, el régimen que había
triunfado entre nosotros en la guerra civil de 1891. Pero lo
más probable es que el momento preciso, la primera apari-
ción, se le hubiese borrado de la memoria. Todo tendría que
ver, a lo mejor, con esos patios, con los gritos destemplados
de sus compañeros de curso, con el viento helado de los ce-
rros, que cortaba como un cuchillo, y también con la cara,
con el bigote de su padre (don Joaquín, el hermano mayor de
mi abuelo), cuando él, tú, de niño, en los comienzos de la
adolescencia, regresabas lleno de polvo, con las mangas de la
camisa rotas, con los pantalones bolsudos, al caserón frío del
Almendral, en el plano del puerto. Esa mañana en Santiago,
medio siglo, más de medio siglo más tarde, había niebla, flo-
taba encima de las casas del barrio bajo un aire sucio, húme-
do, y daba la impresión de que el vicio de tus años juveniles,
la pasión inexplicable, hubiera vuelto con toda su fuerza..."

Notable libro. De acá salté a leer a Joaquín Edwards Bello.

El inútil de la familia
Jorge Edwards
360 Páginas
1era Edición, Octubre 2004
Alfagura

viernes, 8 de octubre de 2010

Oficina de mujeres extraviadas











En su libro "No te cases con una mujer de pies grandes", ese monumen-
tal catastro de la mosoginia universal, la antropóloga literaria Mineke
Schipper reúne nada menos que quince mil proverbios escritos y ora-
les referidos a las mujeres y al modo como han sido percibidas por los
hombres de las más disímiles épocas y latitudes. La autora holandesa
demuestra allí, sin fisuras, algo que nosotros, los machos o machitos,
probablemente nunca hemos estado dispuestos a admitir: que ellas nos
inspiran temor. Sin ir más lejos, el propio título del libro - un refrán
distinguible en cualquier cultura, según la doctora señora Schipper- da
cuenta de eso con claridad: los mozos que aún se encuentran en edad
casadera no deben casarse con hembras que los superen en talento, en
altura, en inteligencia o incluso en la medida de los zapatos, pues tarde
o temprano acabarán con la cabeza aplastada bajo el peso implacable
de sus suelas.

Oficina de mujeres extraviadas
Alfonso Calderón
178 Páginas
1era Edición, Abril 2009
Ediciones Universidad Diego Portales