Javier Moro
Primera edición abril de 2018
382 páginas
Espasa
Madrid, 1940-1943
Sentada en el taburete Terciopelo, frente al tocador de
su dormitorio, Conchita Montenegro se acercó al espejo.
Con sus uñas brillantes talladas en forma de almendra,
despegó una una de las finas tiras de esparadrapo que suje-
taban un palillo colocado entre las cejas, perpendicular a
la nariz. Era un truco de Juana para luchar contra la arruga
vertical del ceño, que ya asomaba. Juana era la más peque-
ña de sus tres hermanas y vaya ocurrencias tenía. Pero en la
guerra contra los estragos de la edad, todo valía, no se po-
día despreciar ningún arma, ni siquiera un moldadientes.
Una vez despejado el rostro, se quedó mirándolo. Allí se-
guía esa arruguilla ceñuda, aunque amortiguada. Por lo
demás, su cutis era un paisaje perfecto. Cuántos cumpli-
dos le había valido esa tez nacarada..., casi tanto como
los dirigidos a su mirada voluptuosa o al "cristalino" tim-
bre de su voz. Aunque sólo ella, a fuerza de escudriñar el
rostro poro a poro, al acecho cualquier cambio, por mí-
nimo que fuese, era capaz de detectar sus más sutiles de-
formaciones. A la altura del ojo derecho distinguió el surco
de una incipiente pata de gallo. "Vaya regalito de cum-
pleaños...", pensó.
Acababa de cumplir treinta y dos; pocos años para
Concepción Andrés Picado, su nombre al nacer; muchos
para una estrella de cine conocido mundialmente como
Conchita Montenegro...
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